12 oct. 2012

RABORÁ (Homenaje a los poetas Malditos)




 
RABORÁ (Homenaje a los poetas Malditos)
 

Este poema fue escenificado en el MUSEO UNIVERSITARIO DEL CHOPO de la ciudad de México y en la casa de cultura SINAC.


I

Como divino céfiro
circunscribe al cosmos
un espíritu insigne
cuya fúlgida luz concéntrica
y lenta pulsación de onda
adormece al arcano sueño
de eternas orgías vindicadoras.

Mas Raborá
no pende de un sólo momento luminoso
nace cuando nacen los espejos
sobre las aguas tranquilas
al morir las tempestades
y ausentes los vientos
justo cuando emergen
voluptuosos los astros
arrojados de un frágil universo
carente de memoria
pleno de reticencias
al influjo de las aguas tibias
dispuestas a calmar la sed eterna.

Ahora sé que Raborá
habita los abismos siderales
incitando las tormentas eléctricas
que estremecen el plácido canto
más allá del vértigo de la materia
pálida y desnuda
como esferas danzarinas
dispersas sobre lodo ancestral.

II

¡Oh hexagrama! Preciso eclipse
sobre la extraña superficie lacustre
en el preludio del breve renacer
con sorda magia ondulante
de líneas paralelas
y cadencia que embruja
el flamante despertar de los poetas.

¿Sabes acaso de otros paisajes
menos sombríos?
¿Tal vez alguna canción que palidece
acechando con grave melodía
en el umbral de la conciencia
sutil cabellera indolente
del glauco rostro de la sinrazón?

Mira cómo duermen
los recuerdos coagulados
en el ámbar de antaño
entre los brazos del verso
por donde escala la vida
enigma y principio
cual denso muro
recinto de osamentas
acribilladas de pájaros
que se agitan en la naturaleza
con símbolos inconmovibles.

Y cuando el viento y la gaviota
se forjaron
y la torre y el campanario
y las tinieblas y el incienso
y la cúspide y los aliados
de la Ceremonia del Rito Universal
se presagiaron secretos diabólicos
para complacer a las almas
poseedoras de mentes agudas.

  III

  En el crepúsculo
de esta galería antigua y espaciosa
el silencio se cubre de bruma
cuando se anudan los ecos
hasta volverse badajo y campana.

  Tocan las sombras
que incendian la noche
con su presencia de espía
en el instante de la premonición
etérea nave
cuando copula el sueño
con su túnica de hojas.

  Nadie habitó dos veces
la misma escollera
del barco que zozobra
sepultado en el lóbrego mar
del hastío.

  Ya nada es tangible
en la esencia del tiempo
porque somos testigos
de la forma y la sustancia
modelada con paciente
creación inconclusa
como austera casa
que enciende los ojos de luciérnaga
encabritada al precipicio
de la nostalgia.

  Sólo el llanto de la sirena
aguarda en el sarcófago
lujurioso de la serpiente
que alucina entre la sábana tibia
y la espuma
y el mar frenético
como espectro furtivo
¡Oh espíritu!
vacío de la tumba estéril.

  Dócil cual gacela
te devuelvo el tiempo
porque antaño
también navegaron
simétricas figuras asexuadas
de un enjambre de ángeles
extraviados en delirios amorosos
envueltos con vapores amargos
cuyo sol paliatorio
es la ofrenda cautelosa
y la ira temeraria de la muerte.

  Hay un lenguaje en la boca
como rumor de aves
mirando el amanecer
y heme aquí
junto a este barro
de forma interminable
donde la agonía esculpe
la imagen inversa del espejo
en el caleidoscopio multicolor
de una Torre de Babel
mientras un simulacro
de mariposas
con alas de fuego
purifican el camino del sol.

  Danza la telaraña
sobre la suave espuma
y es su blancura
tan tersa
que la luna
líquida perla inmaculada
al humedecer la transparencia
del cristal
se desliza en súbita gota de agua.

Inmensidad azul
grave oquedad
donde sacio mi sed cada mañana
y es un timbal
y tu mágica voz
el tiempo suspendido
en éste
mi espacio inhabitado
vacío de mi cuerpo ausente
que atrapado en la malla blanca
reposa junto al dintel
mientras el Cuervo te habla.

  ¡Abre viento la ventana!
que entre el sol con sus cintas de colores
que no se atormente mi alma
con frágiles tibiezas
porque en este denso espacio
donde suena el gong de China
quiero eternizar mi cuerpo
y suspender mi alma
sobre el cristal
de la perla inmaculada
que se desliza en la negrura
sedosa
implacable de tus alas.

  IV

  Abre viento la ventana
que aniquila el camino del verbo
en fecunda reflexión de ecos
sobre la cúpula del faro
con pátina herrumbrosa
en perverso equilibrio
donde instiga el azar
la retórica
y el reflejo de la opaca materia
sembrada en el abandono del mar.

  Más allá
de las pardas
y grises palomas
que disertan estéril movimiento
y al viento tocan
con su frágil cuerpo
hendiendo el ala
el pico y la cola.

  En vano se disputan candorosas
difunta presa
que su sed reclama
y con ojo que avizora
la distancia
irrumpen al azar el vuelo.

  Aves de surcar ligero
de sueños parásitos del aire
ignoran que el cálido reposo
se lo deben al color de su plumaje.

  V

Y como toda imagen
que se organiza secretamente
en símbolos de un mundo exterior
de formas y colores
a lo lejos del sinuoso camino
entre el sueño y la vida
asoma un espejo
divinamente inútil
encarnizado en la búsqueda
del reflejo relativo y absoluto
finito e infinito
entre el paisaje de un cuasicristal
de una flor
de una cascada efímera
que rompe el caleidoscopio multicolor.

  Y esta muerte cósmica
de imágenes que florecen
en la conciencia
bajo el signo de figuras abruptas
transpuestas a nuestros ojos
cuando renacen especulativos
frente al universo perfecto
palpamos la correspondencia
que tienen los objetos del delirio
atrapados en su propia existencia.

  Es como esbozar el sol
con la elegancia
de una función matemática
cuya luz natural
imprime la objetividad
más honda del ser
atrapado en el límite
paradisíaco de los sentidos.

  Más que un acto compensador
tal vez el espectro
vital del drama de la creación
cuyo deseo inconsciente
de imitar la naturaleza
fortifica el proceso
de misteriosas correspondencias
entre lo terreno y el paraíso
de una actividad trascendente.

  El símbolo como juego de la imaginación
desciende en el reflujo de mis sueños
que la razón esclarece
en el orden universal
de una ilusión perfecta
en imponderable provocación
que anhela el equilibrio
dinámico y extravagante
en el mar acústico
que se impacta
con la frontera del silencio.


  VI

¡Ay! Si esta soledad no fuera mía
atormentado amor
florecería altivo
el espejo donde duerme
la luz de tus ojos
cuando mi boca
ave que anida el calor de tus besos
siembra indiferente
algas marinas en el abismo
trémulo y vacío de la piel.

  Crepita la mañana
cuando el sol
revienta en el tejado
agua de mar salobre.

  Los nidos en la playa
aguardan el verano
de la parturienta
sombría y lánguida
afilada cuna
sin caricia ni barcas.

  En soberbia sinfonía
se desgarra la esfinge
sádica y frondosa
tras el mástil que bifurca
con intervalo angular de péndulo
amplio y virginal
el latido pausado
del pétreo mármol
golpeteando el insomnio
cruel de Raborá.

  VII

  Algunas cosas se ven
con mayor claridad
en noches de luna llena
porque esa luz voluptuosa
tiene la virtud de iluminar
la porción exacta del pensamiento
que materializa el recuerdo
haciéndolo nítido y palpable.

Tal es la ensoñación del poeta
cuando convierte en sustancia
los versos arrojados
con febril erupción.

  Cúmulos de lava candente
crecen como piedra petrificada
en el rincón del armario
en los frascos mohosos
y en cada lugar preciso
de las tinieblas
donde sucumbió el deseo
al abismo profundo e insalvable.

  No hay búsqueda infructuosa
sólo una eterna espera
pero al fin
has visto florecer al amor
como un puñado de pétalos suaves
que deshojas tiernamente con la boca.

  ¡Cuán castrado es mi cuerpo!
que vulnerable es la centella
cuando pierde su luz espectral
al romperse en mil pedazos los espejos.

  Ahora ya nada importa
porque soy la sombra atrapada
en el reflejo
de tu dolorosa verdad
y así como la antípoda
se pierde en la distancia
yo me desvanezco en el tiempo
remoto de la memoria
convertida en polvo
que se hundió en el mar.

  VIII

  Navegan las olas
en el océano de recuerdos
y yo me veo pez y coral
y anémona temblorosa
a veces lirio
triste y sublime
a veces espíritu de fuego
en réplica perfecta
a una razón superior
acorde al movimiento
de la luna que viaja con la noche
como eterna compañera
de luz incierta
y breve canto luminoso.

  He visto vacilante tu claridad
como cirio encendido
en mi pupila solitaria
con un brillo misterioso
de azul y ámbar
rompiendo el viento
en el fondo del mástil
mutable de la lágrima.

  Quiero tocar las barcas
que perfuman la noche
e incendiar el instante mismo
como sereno pájaro
dormitando bajo la fronda
rumorosa de la nube.

  Quiero olvidar
que te he olvidado
en el imponderable sueño
que se extingue frágil
cuando la marea
se descubre vigilante.

  Quiero olvidar
y en el tiempo tenaz del olvido
tejer recuerdos inventados
de un mundo parecido al mío
cuyas formas y colores
se deshacen en la palma de mi mano.

  Y si el olvido
es la onda del espejo
el viento agita su sombra
como altivo reflejo
de la criatura humana
ahí, donde las sábanas
son colgadas de los versos
cara al sol
que se interna en el sarcófago
lujurioso de la nube
entre el hueco acerado
de esta muerte silenciosa.

Mas si el olvido es la centella
del cirio encendido en mi pecho
que invoca el verano de la serpiente
bajo la sombra desdeñosa
de los almendros
igual se esclarece
el reflejo del espejo
mirando el amanecer
de esta muerte silenciosa.

  Lo sé
porque yo he visto
tu vacilante claridad
en las tinieblas
de la Torre de Babel
con fuego que purifica
el umbral de la memoria desnuda
como espectro furtivo
cuyo glauco rostro
copula en el sueño abandonado
al arbitrio de tu piel.

  Mas ¿quien puede olvidar?
Si el olvido
es la incitación del alba
sumergida en las tinieblas
de una funesta encrucijada
cuando inicia el día
sobre el horizonte.

  Y hoy
esta mañana
tu recuerdo se diluye
en la cinta gris
del paisaje volátil de la nube.

  IX

  ¡Ah! Cómo me devora
este inmensurable espacio
trazado con hábil pincelada
tal vez de purísima acuarela
embebida en agua
de una gema turquesa
cual límpida cosmogonía
que se impregna
sobre mi rostro y mi piel
inflamándome con el cálido añil
en solemne estado crepuscular
cuando el mar se cristaliza.

Nada se interpone
entre la voluntad
de la superficie acuática
y el cielo
porque ambas latitudes
permanecen atrapadas
entre el reflejo extravagante
de sus espejos.

  Mas ¡qué ironía!
De repente veo como un ave
irrumpe con plácido vuelo
el espacio celeste
y mis ojos
en afinada percepción
veneran sus gráciles alas.

  Diestra se sabe
la plumífera incauta
y no cesa de admirarse
en la bruñida superficie
de este mar vítreo
con que me deleito.

  Efectivamente grandiosa
tal parece
un narciso extasiado
en sí mismo
verdad consabida del hermoso
que pretende
en su diario afán
refrescarse con agua
proveniente de Leteo.

  Vana esperanza
cuando el tiempo se acumula
y todo languidece
como la ninfa Eco.

Es así
que advierto la música
del murmullo de las olas
y pienso que tal vez la divinidad me cantase
en este momento
e inútilmente pretendo
imitar la hipnótica melodía.

Pero finalmente
me río de mí
porque bien sé
que no puedo ser mar
ni azul
ni lamento de ola
ni aunque me cubra el cuerpo
de abalorios y madréporas
ensartados con hilo verde-azul
de las algas y medusas.

X

Y cuando ya nada tiene importancia
guardo el ave del atardecer
en la vieja maleta
y me lleno la boca de plumas
para que vuelen
muy lejos las palabras.

Mas el viento
agita la sombra estéril
de los versos
deshojados en otoño
y en ocre insomnio
florece el áurea
primigenia de mi alma.

¡Cuánto júbilo
el verde desparrama!
Alegre terciopelo
que acaricia altivo
al divino céfiro.

Desnuda el espejo
el reflejo
luminoso y primitivo
que la opaca sombra
ebria y silenciosa
oprime en mi pecho
la forja de hierro
y el silencio tan quedo
tan suave
tan pájaro huraño
en el que yo me veo.

XI

Inagotable
es la muerte
transmutación del sueño
como aciago manantial
que desfallece en el hueco acerado
de la sombra inerme.

Sólo el cuerpo semidesnudo
consume la ceniza
al borde del epitafio
¿acaso lo recuerdas?
Alguien vino a cambiar las flores
por monótonos mares
que se marchitan
con el sol de oriente.

Toda materia es precaria
en la vigilia
donde una vez iniciado el ascenso
se torna en precipicio
la trémula vida
como el acto mismo
que devora el pensamiento.

Huérfanas las horas
acarician la tarde
que ciñe la ladera de la montaña
y con encaje de aromas distantes
reverdece el aposento
agazapando las casas
y la aldea
y el hermano pueblo
y el vientre del camposanto
y la tierra de fuego.

Esbelto caserío
prisionero entre las sábanas
colgadas de los almendros
calcinando con sombra desdeñosa
la apariencia de huesos
el rumor de la piedra
y la flor
y el carmín
que tiñen la fronda virgen.

XII

Profundas como el mar
las ventanas del cielo
anidan campanarios
en las pupilas
del claro paisaje
ávido de azahares y amapolas
que el follaje tabernáculo
ofrenda a la piel de la quimera.

Adverso y paradisíaco
como desecado fruto
el mundo alberga
en su antiguo peregrinar
un tornado de bárbaros mortales
que nutren a rampantes dioses
con bálsamo y tatuaje
de precioso metal.

¡Ah! Qué perversidad
nos acuchilla
cuando este infausto crisol
socava al planeta apocalíptico
con infecta discordia
que exhuma dolencias muertas.

Inflexible círculo sempiterno
contenido en el vacío
de la dimensión umbría
de arcángeles indómitos
impalpables crisálidas
talladas en roca de obsidiana
para que el rayo idólatra
desgaje el manto
cruel de Raborá.

XIII

Mágica es la onda del espejo
tan pronto expira el valle
resurge la cresta con el día
que paciente se interna
al vaivén del tiempo
árido y místico
cuyo templo funerario
exhala el perfume de las ninfas.

Bien dicen
que hay un no sé qué
en el aire que ahoga
quizá sea la brisa coagulada
recordándonos algo monstruoso
cuando aspiramos las formas atrapadas
de figuras incongruentes.

¡Oh perezoso claustro!
fortifica mi pobre existencia
de asceta que roe
su propia entraña.

Yo
que de la nada
inventé un postigo
para ver la piedra de Sísifo
en la cima de la montaña
advierto tan sólo
el musgo del muro desdentado
navegar en la vertiente
de la aurora
¡Oh anatema mía
infinita soledad del alma!

Yo
que de tu vago recuerdo
hago un atado
de alas luminosas
para escapar del reino
furtivo de la palabra
como un ensueño
meciéndose en la espiral
pragmática de la muerte.

Yo
aprendiz de juglar
frustrado anacoreta
transporto el universo
a mi aposento irreductible
con la conciencia del heraldo
incansable burlador nocturno.

XIV

Inminente
se avecina el crepúsculo
ahora navegamos sin rumbo fijo
con las velas izadas
viento en popa
arrastrando el cuerpo
lejana la sombra
entre lamentos y gritos
de lúcidos fantasmas
cuyos ojos cadavéricos
se abandonan al arbitrio
de la criatura humana.

Atrás van quedando los cementerios
de muertos enterrados vivos
bajo tierra salitrosa
capaz de corroer
hasta el último rayo de esperanza.

Inútil maldecir
Eolo
hijo de Hipotes
ha llegado con su banda
de cornos y flautines
augustos oboes de música sombría.

Empieza a extinguirse el fuego
crepitando con pálida luz
mas el tímido calor
resurge en el recuerdo
violeta de la llama
avivada con cáusticas delicias
¡cómo debió Raborá advertirnos!
Nuestra es la naturaleza
y nuestros son
los frutos del Edén.

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